Juventudes, gobernanza y conservación: aprendizajes de una experiencia regional en LAC
- Celebración Áreas Protegidas, Conservadas y su gente en LAC

- 16 jun
- 5 min de lectura
Más allá de la participación: juventudes construyendo gobernanza para la conservación.
Durante los últimos años, la Celebración de las Áreas Protegidas y Conservadas de Latinoamérica y el Caribe ha involucrado a personas jóvenes de distintos países, territorios y sectores en procesos vinculados a la conservación, la gobernanza territorial y la articulación regional.
Sin embargo, una de las principales lecciones aprendidas es que la participación juvenil no puede evaluarse únicamente por la cantidad de jóvenes involucrados, sino por la calidad de los espacios que ocupan, las responsabilidades que asumen y la capacidad real que tienen para influir en los procesos.
Esta reflexión adquiere especial relevancia en un contexto donde las juventudes son reconocidas cada vez más como actores estratégicos para la implementación del Marco Global de Biodiversidad, la acción climática y la gobernanza ambiental. Organismos como UNICEF, la Oficina de Juventud de Naciones Unidas y diversas organizaciones internacionales coinciden en que la participación significativa implica influencia efectiva en decisiones, acceso a información, desarrollo de capacidades, reconocimiento de contribuciones y mecanismos de rendición de cuentas.

Una experiencia construida desde la práctica
La Celebración es una iniciativa regional orientada a fortalecer procesos territoriales que sostienen la conservación mediante articulación, generación de capacidades, producción de evidencia e incidencia.
Entre 2021 y 2025 la iniciativa logró vincular experiencias en 21 países de Latinoamérica y el Caribe, más de 300 áreas protegidas y conservadas y una red regional de embajadoras y embajadores comprometidos con la promoción de procesos territoriales de conservación.
Durante este período, numerosas personas jóvenes asumieron responsabilidades sustantivas en diferentes niveles de la iniciativa. No solamente participaron en actividades o eventos, sino que coordinaron procesos, impulsaron celebraciones territoriales, gestionaron redes sociales, coordinaron, capacitaron y evaluaron a mas de 90 embajadores/as, desarrollaron estrategias de comunicación, promovieron alianzas, apoyaron la movilización de recursos, fortalecieron vínculos con actores territoriales y contribuyeron al desarrollo metodológico y tecnológico de la iniciativa.
Asimismo, participaron en la organización logística y programática del Día de las Áreas Protegidas y Conservadas de Latinoamérica y el Caribe, en la elaboración de informes regionales, en espacios de incidencia y en la construcción de propuestas para el reposicionamiento estratégico de la iniciativa hacia 2026.
Estas experiencias muestran que las juventudes pueden desempeñar roles relevantes en procesos regionales de conservación cuando existen oportunidades reales para hacerlo.
Lo que funcionó
La experiencia acumulada permite identificar algunos factores que favorecieron la participación juvenil.
En primer lugar, la asignación de responsabilidades concretas. Los procesos donde las juventudes asumieron tareas específicas de coordinación, articulación o gestión tendieron a generar mayores niveles de compromiso y continuidad que aquellos donde su participación se limitó a actividades puntuales.
En segundo lugar, la posibilidad de construir redes regionales.
En tercer lugar, el aprendizaje práctico. Muchos de los conocimientos desarrollados surgieron de la experiencia directa en procesos reales de gobernanza, organización y articulación territorial más que de instancias formativas tradicionales.
Finalmente, la flexibilidad organizativa permitió que personas con trayectorias, capacidades y disponibilidades muy distintas encontraran formas diversas de contribuir a la iniciativa.
Lo que también aprendimos
La experiencia muestra igualmente que la participación juvenil enfrenta desafíos importantes.
La existencia de espacios para participar no garantiza automáticamente incidencia efectiva. En algunos casos surgieron percepciones de escasa visibilidad, dificultades para acceder a espacios de decisión o limitaciones para compartir experiencias territoriales en escenarios regionales.
También se evidenciaron tensiones asociadas a la sostenibilidad del voluntariado. Gran parte del trabajo desarrollado por jóvenes y personas adultas se realizó sin financiamiento específico, combinando responsabilidades laborales, académicas, familiares y personales con las exigencias de la iniciativa.
Los procesos de conservación requieren continuidad, pero las trayectorias juveniles suelen estar atravesadas por cambios frecuentes de estudio, empleo, residencia o prioridades personales. Esto genera desafíos permanentes para sostener equipos, liderazgos y niveles de participación en el tiempo.
Asimismo, la gestión de redes colaborativas complejas implica conflictos, diferencias de expectativas, problemas de comunicación y tensiones organizativas que afectan tanto a juventudes como a personas con mayor experiencia. La gobernanza colaborativa no consiste en la ausencia de conflictos, sino en la capacidad de gestionarlos de manera transparente, respetuosa y constructiva.
Un aprendizaje especialmente relevante se relaciona con los límites estructurales del trabajo voluntario en América Latina y el Caribe. Aunque el compromiso, la vocación de servicio y el sentido de pertenencia han sido fundamentales para sostener la iniciativa, la conservación no puede depender indefinidamente del esfuerzo no remunerado de las personas. En contextos marcados por desigualdades socioeconómicas, precariedad laboral, dificultades de acceso a financiamiento y múltiples demandas familiares y comunitarias, el voluntariado prolongado suele generar sobrecarga, desgaste emocional, rotación de liderazgos y pérdida de capacidades acumuladas. Esta realidad afecta tanto a jóvenes como a personas adultas y constituye uno de los principales desafíos para la sostenibilidad de las iniciativas territoriales de conservación.
La experiencia de la Celebración ha mostrado que el voluntariado puede ser un poderoso motor de innovación, articulación y acción colectiva, pero también que requiere condiciones habilitantes para sostenerse en el tiempo.
Esto incluye reconocimiento de las contribuciones realizadas, distribución equilibrada de responsabilidades, mecanismos de acompañamiento y bienestar, oportunidades de desarrollo de capacidades y, cuando sea posible, acceso a recursos que permitan fortalecer procesos sin trasladar permanentemente los costos de la conservación a quienes ya dedican tiempo, conocimiento y esfuerzo a sus territorios.
Fortalecer la gobernanza implica también reconocer y abordar estas condiciones humanas e institucionales que sostienen el trabajo colectivo.
Un nuevo ciclo orientado a la gobernanza y la evidencia
El proceso de reposicionamiento 2026 busca responder a parte de estos aprendizajes.
La iniciativa está transitando desde un modelo centrado principalmente en la visibilización de celebraciones hacia un enfoque orientado a comprender cómo la gobernanza colaborativa contribuye a la conservación efectiva.
A través del proyecto de investigación socioambiental “Modelos de Gobernanza Territorial y Resiliencia Socioambiental en Latinoamérica y el Caribe”, se propone analizar de manera sistemática la relación entre participación, inclusión, confianza, legitimidad, acción colectiva y resultados de conservación.
El estudio utilizará un enfoque de investigación-acción participativa y un diseño longitudinal basado en tres momentos de seguimiento (diagnóstico, diseño y evaluación), permitiendo generar evidencia territorial verificable sobre las condiciones que fortalecen la gobernanza y la conservación en las áreas protegidas y conservadas de la región.
Las juventudes constituyen una dimensión transversal de este proceso. La investigación permitirá comprender mejor cómo su participación incide en la legitimidad, sostenibilidad y capacidad de articulación de las iniciativas territoriales.
Una invitación a construir la siguiente etapa
Los desafíos de conservación que enfrenta Latinoamérica y el Caribe requieren fortalecer capacidades, redes y mecanismos de gobernanza que permitan articular actores diversos alrededor de objetivos comunes.
Por ello, el ciclo 2026 invita a organizaciones, comunidades, instituciones, personas jóvenes, embajadoras y embajadores a registrar y desarrollar celebraciones territoriales que contribuyan a mejorar la gobernanza y la conservación efectiva de las áreas protegidas y conservadas.
Más que aumentar el número de actividades, el objetivo es comprender mejor qué procesos generan cambios reales, qué condiciones fortalecen la acción colectiva y cómo las experiencias territoriales pueden contribuir tanto a la conservación de la naturaleza como al bienestar de las personas.
La principal lección aprendida hasta ahora es que la conservación no depende únicamente de áreas o políticas. Depende también de las personas, las relaciones, la confianza y la capacidad colectiva de construir futuro desde los territorios.
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